No fue el primero. Pero en la relación de Alberto Chirif con la Amazonía hubo un viaje fundacional. En 1968, después de recorrer el río Marañón y convivir con las comunidades awajún del Alto Amazonas, entendió que existían sociedades distintas a la suya. Así, empezó a delinear su camino como uno de los antropólogos e investigadores más especializados en la selva peruana. Cinco décadas y una pandemia después, su vínculo con estas tierras (y su gente) sigue intacto.

La Amazonía es sinónimo de bosques, pero también de humedales y ríos. ¿Qué tan profundo es el vínculo de las comunidades con sus aguas?

El agua es importante para cualquier región. Pero en la selva baja tiene un rol fundamental. Aquí, la mayoría de los bosques están en tierras inundables. Por eso, los ríos son el principal canal de comunicación. Los ciclos de crecientes lo regulan todo. Muchos piensan que las inundaciones son una tragedia. Pero acá, no. Esas aguas ayudan a fertilizar los suelos, controlan las plagas, y renuevan la inmensa variedad de peces de los ríos; que son centrales en la alimentación de muchas comunidades indígenas.

¿Qué particularidades encontró en esos pueblos, que lo llevaron a centrar sus investigaciones en la Amazonía?

Cuando llegué, en 1968, me encontré con una realidad distinta (a la del resto del país). Con sociedades, a mi modo de ver, mucho más justas. No había burócratas ni oficinistas. Aunque tenían poco dinero, vivían bien, porque en su entorno estaba todo lo que necesitaban. Y tenían una gran sabiduría para enfrentar sus problemas. Varias de esas características ya son difíciles de encontrar porque, en los últimos años, las sociedades indígenas han sufrido muchas transformaciones. Sin embargo, aún tienen una reserva moral y organizativa que me parece muy interesante.

Las estrategias organizativas de estas comunidades es un tema que destaca a menudo. ¿Sobresale alguna especialmente?

Los sistemas de reciprocidad. Estos funcionan en dos sentidos: a través del intercambio de bienes o de servicios, y dentro de ciertos grupos establecidos por lazos de parentesco o alianzas. En el primer caso, si yo me dedico a la caza o a la pesca, dependo de una actividad azarosa. Es decir, salgo a desarrollar esa actividad, pero no sé si voy a tener resultados. Entonces, este sistema de intercambio de bienes me da cierta seguridad. Luego, está el intercambio de servicios. Supongamos que necesito tumbar unos árboles para hacer una chacra para mi familia. Las personas de mi grupo me van a apoyar en ese trabajo, confinado en que yo, al ser convocado, voy a devolver la ayuda. Ambos son mecanismos inteligentes, que permiten ordenar las relaciones y, a la vez, llegan a administrar justicia: si yo mezquino o incumplo los acuerdos, estoy cometiendo una falta grave. Y, si lo hago, voy a ser apartado del grupo y, de ahí en adelante, tendré que vérmelas solo. Lamentablemente esto, en las últimas décadas, ya se ha ido perdiendo.

¿Qué factores han dinamizado las transformaciones en esta región?

La entrada del dinero. El mercado va generando la idea de que, si tengo más dinero, voy a ser más próspero. Eso no existía en las sociedades indígenas. No había ni pobres ni ricos: solo personas que disponían del bosque, que sabían cómo hacerlo producir y beneficiarse de él. Ahí, en la naturaleza, está la única fuente real de riqueza. Viene del suelo, de los árboles, las aguas y los animales. Todo lo demás son juegos especulativos. Pero la industria está hecha para satisfacerse a sí misma, y consumimos naturaleza a unos volúmenes tremendos. Las consecuencias las vemos ahora: calentamiento global, extinción de especies, contaminación, concentración de dinero en pocas manos y la generación de una inmensa masa de gente que es cada vez más pobre; porque les han quitado lo que tenían.

¿Cómo es hoy la relación entre estas comunidades y su entorno?

Eso va cambiando en función de los territorios, pues hay zonas que están muy fragmentadas por la colonización. Ese es el caso, por ejemplo, de Satipo y Perené, que son áreas relativamente asháninkas. Ahora, con la emergencia del COVID-19, mucha gente ha regresado a sus comunidades y se ha aislado. De alguna manera, esta crisis ha generado un surgimiento de cierta solidaridad y de repensar las sociedades. Pero no creo que eso sea suficiente para dar paso a una nueva historia para las comunidades indígenas, porque los grupos poderosos del país ya se están empezando a imponer.

Ha dedicado muchos años al estudio del auge del caucho en la región. ¿Cree que ese momento histórico ha determinado, de alguna manera, la relación que todavía mantenemos con la Amazonía?

Sí, la idea de la Amazonía como un lugar para extraer recursos persiste. Y las industrias que han prevalecido en la región son extractivistas. Pasó con el caucho, luego con el Palo Rosa —un árbol que era talado para producir aceites esenciales—, con la cacería de pecaríes, nutrias, tigrillos y otorongos por sus pieles. La historia siempre se repite: se termina el recurso y se acaba el productor. Con la madera pasa lo mismo. Y, luego, están la industria petrolera y la minera, que son recursos no renovables y dejan secuelas de contaminación tremendas. Eso está probado, por ejemplo, en Madre de Dios, donde la minería ha desaparecido ríos, los peces que quedan están contaminados con mercurio, los suelos se han vuelto improductivos y los bosques se han acabado. El tema es ese: las actividades económicas que se han planteado en la Amazonía son actividades que destruyen los recursos. Y el Perú es un país que no aprende lecciones.

(La entrevista continúa en el mundo CONCRETO)