Cuando conoció los bosques inundables de Loreto, Mariana Montoya ya era una bióloga experimentada. Pero allí, dice, encontró algo distinto. Desde entonces, ha realizado diversos trabajos que requieren entender la conexión entre los ríos, las lagunas, el bosque y su gente. Ahora, como directora nacional de Wildlife Conservation Society, dirige proyectos de conservación en la Amazonía peruana. Mientras la región enfrenta una pandemia sin precedentes, advierte que existe una interrelación similar entre la salud pública y la de los ecosistemas.

¿Qué particularidades tienen los ecosistemas acuáticos en la Amazonía que no se replican en otras regiones?

En la Amazonía puedes ver muy claramente el vínculo que hay entre el bosque y el agua. Cuando estamos en la selva, en áreas de bosques inundables, nos damos cuenta de que el agua lo es todo y tiene la capacidad de transformarlo todo. Cuando el río está crecido y se conecta con el bosque, todo se vuelve un solo sistema. Los peces y otros animales acuáticos se meten al bosque y utilizan ese espacio para alimentarse, reproducirse y refugiarse. Es interesante también poder ver y darte cuenta de que el agua no es la misma en todas partes. Hay aguas negras, aguas blancas y zonas donde se mezclan, que es el área donde se concentran los peces para reproducirse y, también, donde van los delfines a alimentarse. Y cuando el río baja su nivel, empiezan a aparecer nuevamente las playas y el bosque que ha sido nutrido por los sedimentos acarreados desde lugares muy lejanos. Estas áreas que van apareciendo son aprovechadas por otros animales para reproducirse, pero también por las personas, para sembrar. Esta relación estrecha entre el agua y el bosque también se da con la gente. Para las comunidades indígenas Kukama Kukamiria, por ejemplo, el río y las lagunas tienen madre, debajo del río viven sus parientes y ambos mundos, el acuático y el terrestre, no se pueden separar. En resumen, todo está conectado.

Desde otras regiones, la Amazonía es observada como una gran despensa de recursos naturales.

Así es. La Amazonía es una despensa y ofrece una gran cantidad de recursos naturales para la gente, pero se tiene que aprovechar de manera adecuada, sin afectar esos recursos ni a la gente que vive allí. Pensar que es una despensa inagotable es un error. Y es erróneo pensar que no importa qué recursos se extraigan, cómo y a qué costo. Creo que el problema se da cuando vemos a la Amazonía desde afuera, cuando sólo estamos pensando en el beneficio de los que vivimos fuera de la Amazonía y no pensamos primero en el desarrollo del poblador amazónico. En Loreto, por ejemplo, se extrae petróleo desde hace cinco décadas y eso seguro ha generado recursos económicos para el país. Sin embargo, ¿esta extracción petrolera ha traído desarrollo para esta región?

¿Qué otros problemas han profundizado la fragilidad del Amazonas?

Se suele pensar en la deforestación. Y, aunque esta es una amenaza real, no es la única. A veces, ni siquiera necesitamos deforestar para generar un problema. Creo que el trasfondo es que hay un gran desconocimiento de cómo funciona la Amazonía y el valor que tiene. Lo mismo ocurre con sus culturas y su fragilidad frente a actividades extractivas o proyectos de infraestructura mal planificados. No se piensa en un modelo de desarrollo desde la Amazonía. Y esa falta de entendimiento ha hecho que, como país, se invierta en cosas que, a veces, no satisfacen las necesidades de la población o no son las más adecuadas.

Menciona el tema de infraestructura. En los últimos años ha habido diversos proyectos para conectar a la Amazonía con el resto del país. ¿Cuáles han sido los principales problemas que se han encontrado en el camino?

Hay que reconocer que esa necesidad es real: la Amazonía necesita conectarse con el resto del país. Sobre todo áreas como Loreto. Pero hay que buscar la mejor manera de hacerlo y con un objetivo claro. ¿Queremos conectar a la Amazonía como lo hicieron en el sur, con la Carretera Interoceánica, para mejorar el comercio entre Lima y Brasil y que la carretera simplemente pase por esa zona? ¿O queremos invertir en un proyecto que desarrolle a la región amazónica? La necesidad de mejorar el comercio y tener mayor acceso a los servicios es indudable. Pero una carretera no va a mejorar los servicios de salud y educación necesariamente. Lo vemos incluso en lugares de la costa, con servicios de salud y educación precarios. Entonces, hay que ser muy claros y honestos sobre para qué queremos esa conexión y, a partir de eso, evaluar a quién va a beneficiar y plantear la alternativa más adecuada. Ahí hay un enfoque que se debe replantear. Otro de los problemas que enfrentamos para un desarrollo adecuado de la infraestructura es la falta de información y de estudios detallados que propongan las mejores alternativas. La Amazonía es muy compleja, y si no hacemos un esfuerzo por entender bien cómo evitar o minimizar los impactos sociales, económicos y ambientales que un proyecto puede traer en el corto, mediano y largo plazo, entonces corremos el riesgo de invertir grandes cantidades de dinero, sin lograr el desarrollo.

En Brasil se han encendido algunas alarmas por la construcción de represas hidroeléctricas dentro del Amazonas. ¿Ese también es un potencial peligro para el Perú?

Es un tema que ha generado preocupación, sí. Proyectos de hidroeléctricas con grandes represas, como la que se quería hacer en el río Inambari o la del Pongo de Manseriche, en el río Marañón, son algunos ejemplos. En ambos casos, la construcción se estaría dando en ríos utilizados por un gran número de peces migratorios, que requieren surcar estos ríos para completar sus ciclos de vida. Estos peces que, en algunos casos, vienen desde Brasil y Bolivia sustentan más del 70% de la producción pesquera de toda la cuenca amazónica. En la cuenca del río Madeira, en Brasil y Bolivia, ya se están advirtiendo los impactos de las represas de ese río sobre la migración de los peces. Y eso va a tener un efecto sobre las personas que dependen de la pesca para su economía y alimentación. Asimismo, las grandes represas tienen asociados otro tipo de impactos, como la generación de gases de efecto invernadero en sus embalses y la retención de ciertos sedimentos, que son fundamentales para mantener la morfología y comportamiento natural de los ríos.

¿Qué otras dificultades han quedado en evidencia con la pandemia del COVID-19?

La falta de capacidad del Estado para supervisar actividades ilícitas dentro de la Amazonía. En los últimos meses, la sobrepesca, la deforestación y la minería ilegal se ha incrementado en algunos lugares donde había estado controlada antes de la pandemia. En muchos de estos lugares, las comunidades locales tenían la capacidad para controlar su territorio. Pero, al replegarse, estas actividades ilegales han resurgido. Entonces, hay una necesidad muy grande de seguir trabajando con los pueblos indígenas y ribereños, como aliados, tanto para el cuidado de sus territorios como para el cuidado de áreas protegidas y sus zonas de amortiguamiento.

Wildlife Conservation Society (WCS) lidera diversas iniciativas de conservación en Perú. Entre ellas, el trabajo en el área de conservación regional Comunal Tamshiyacu-Tahuayo, en Loreto. ¿Qué particularidades tiene esta experiencia?

Esa es una iniciativa que nació de las comunidades que vivían en la zona. Un grupo de pescadores y cazadores de los poblados del río Tahuayo, en Loreto, estaba preocupado porque sus recursos se estaban acabando. Lo interesante fue que se organizaron entre ellos y, con asesoría de investigadores de la WCS, empezaron a buscar cómo hacer un uso sostenible de esos recursos. Hoy en día, sus comunidades están ubicadas en la zona de amortiguamiento del área de conservación regional que ellos mismos ayudaron a crear. Es un espacio muy bien conservado y, por lo tanto, provee recursos naturales, como pescado, carne de monte y productos forestales no maderables, para la gente que vive alrededor. Actualmente, los comuneros están organizados en grupos de control y vigilancia, en manejo de la cacería y en manejo pesquero; y han establecido cuotas comunales, con base en el monitoreo que hacen de su cacería y de su pesca; con ayuda de WCS. Así, han logrado hacer un seguimiento de sus recursos y ajustar sus cuotas, cuando es necesario. Y, por último, se han organizado en un comité de gestión que, en coordinación con la Autoridad Ambiental Regional de Loreto, vela por la conservación de toda el área.

¿Hay otros ejemplos de conservación gestionados de manera comunitaria en la Amazonía peruana?

Sí. Hay varias experiencias similares alrededor de áreas protegidas como la Reserva Nacional Pacaya Samiria, la Reserva Nacional Pucacuro, y otras áreas naturales protegidas. En general, las comunidades que están en las zona de amortiguamiento o, incluso, dentro de algunas áreas protegidas trabajan como guardaparques voluntarios a cambio del aprovechamiento de recursos para el autoconsumo y la venta. Es un modelo interesante. Y, en los últimos meses, hemos podido ver que las comunidades que tenían sus ecosistemas bien conservados han podido vivir de sus chacras, de la pesca y de la cacería, sin tener que exponerse tanto al contagio del COVID-19. Ellos mismos se han dado cuenta y han estado agradecidos por cuidar los recursos que, en este contexto de pandemia, los han sacado un poco del apuro.

¿Cuáles son los principales retos que enfrenta la Amazonía peruana a mediano plazo?

El primero tiene que ver con el cambio climático. Este fenómeno está generando una serie de eventos extremos, tanto inundaciones como sequías, en la Amazonía. Eso es especialmente preocupante porque, cuando tienes una interacción tan cercana entre el agua y el bosque, no solo afecta a los ríos y peces, sino también al bosque, su fauna y toda la dinámica que existe entre ellos. A eso hay que sumar, además, a las comunidades que viven allí y que dependen de estos recursos. Ellos también ven alterada la forma en que venían haciendo sus chacra, cuándo cosechan e, incluso, las épocas de pesca o caza. De alguna manera, el cambio climático genera una serie de incertidumbres que potencian todos los demás problemas. Luego, por supuesto, están todas las actividades ilícitas como la minería ilegal o la sobreexplotación de recursos, la deforestación y el tráfico de tierra que generan un sinnúmero de problemas y un círculo vicioso del que las comunidades difícilmente pueden salir. También está todo el tema de la infraestructura y actividades extractivas que no están siendo lo suficientemente responsables para evitar o mitigar los impactos ambientales, sociales y económicos, como ya hemos mencionado. Y, por último, es imprescindible considerar la salud y pensar en que debemos mantener “una salud”. Por “una salud” me refiero a la salud de la vida silvestre, ecosistémica y la salud humana vista como una misma cosa. Este tema se ha hecho evidente con el COVID-19. Si bien, hasta ahora, no ha salido ninguna enfermedad zoonótica de la Amazonía que se haya convertido en una pandemia, eso puede pasar en cualquier momento. Cuando tienes áreas degradadas y generas más cercanía entre la gente y la fauna silvestre, alteras completamente el patrón entre el hospedero y el huésped de una enfermedad y esto, a la vez, incrementa el riesgo al contagio de las personas. Lo mismo sucede cuando extraes animales silvestres de su hábitat natural y los acercas a la gente en los mercados, en condiciones de hacinamiento, sin consideraciones sanitarias; esto genera las condiciones perfectas para el contagio de enfermedades entre animales y hacia las personas. Entonces, es urgente tener una mirada integral de la Amazonía, de su salud, su conservación y cómo esta se relaciona con la salud de las personas. Nuevamente, todo está conectado.