
Los guerreros de esta nación originaria resistieron el asedio de los incas y los conquistadores españoles. Con los años, enfrentaron a otros invasores y colonos que contaminaban la selva. En las últimas décadas, aunque dejaron las armas de lado, han iniciado su lucha más intensa: la reivindicación de su territorio ancestral. Allí, creen, está la única alternativa para evitar la extinción.
Mucho antes de la llegada del COVID -19 a la Amazonía, los Wampís habían entendido que su futuro estaba en peligro. No querían volver a aislarse en la selva, ni sentían una nostalgia idealizada por los clanes familiares. Tampoco se negaban al progreso. Pero, desde mediados de la década del setenta —cuando el Estado empezó a titular formalmente a las comunidades de la selva peruana—, cada año perdían más tierras.
Los bosques altos, los aguajales y los valles que sus ancestros habían ocupado por siglos empezaban a ser codiciados por colonos seducidos por el petróleo y el oro. Demostrar su propiedad ante las autoridades y frenar ese avance no era sencillo. Y en el proceso, relatan los sabios del pueblo, parte de sus territorios fueron fraccionados en lotes; como si fueran espacios deshabitados.
Shapiom Noningo era adolescente cuando comenzó a notar la preocupación entre los líderes. Las exploraciones en busca de petróleo habían dañado algunas zonas del río Santiago (Kanús, en la lengua Wampís), cerca de la frontera con Ecuador. Y la construcción del oleoducto norperuano —una enorme tubería de acero que transporta crudo desde el Amazonas hasta la costa del Pacífico— congregó, poco después, a obreros de diferentes regiones del país en la selva. Cuando la obra concluyó, muchos se quedaron como agricultores y comerciantes. Pero pronto, cuenta, empezaron las invasiones.
Sus abuelos y tíos participaron en la defensa de aquellas tierras y, con el tiempo, descubrieron el resto:
—Al titular nuestro territorio, el Estado había mochado grandes extensiones de los espacios históricamente ocupados y los había dejado libres para todo tipo de concesiones—, explica el dirigente de 60 años.

Nunca —ni frente a los caucheros, ni cuando los buscadores de pieles exóticas alejaron a muchos animales silvestres— se habían sentido tan debilitados. Las tierras ancestrales resguardan sitios sagrados para los Wampís y todo cuanto los ha marcado. Allí resistieron al dominio inca y español, aprendieron a manejar los manantiales, invocar a los espíritus que garantizan las buenas cosechas e interpretar las profundidades del bosque. Perder parte de aquellas tierras era, por eso, como aceptar la extinción.
—Si queríamos subsistir como cultura y como pueblo, teníamos que unirnos para retomar la batuta de nuestro destino —dice Noningo.
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Aunque ya no se internan en los cerros sagrados de la Cordillera Kampankis (Kampankiasa Murari) en busca del Waimaku o la Tarimat Pujut —visiones que tradicionalmente marcaban su destino— y, desde hace décadas, los jóvenes no se preparan para la guerra; la relación de los Wampís con la naturaleza se ha mantenido intacta. De esa armonía, creen, depende su suerte. Wrays Pérez aprendió ese principio de sus abuelos. Ellos, cuenta, nunca fueron a la universidad. Pero, como los Wampís más antiguos, entendieron que ese respeto era imprescindible para subsistir selva adentro.

Cuando él era pequeño muchas otras cosas ya habían cambiado. Con la llegada de la educación formal a la selva, entre los años ´50 y ’60, los Wampís se habían asentado en comunidades, alrededor de los ríos Santiago y Morona (Kankaim, en la lengua originaria). Pero el progreso era relativo.
A relegar sus tradiciones y su lengua ⎼no consideradas en aquellas escuelas⎼ se sumaba una creciente presión sobre el medio ambiente y, poco después, un temor conocido: la llegada de las exploraciones de petróleo, en los setenta, había revivido los abusos que sufrieron por parte de algunos grupos militares durante el conflicto limítrofe con Ecuador, en la década del cuarenta. Y, sobre todo, había puesto en peligro la tenencia de sus tierras. No eran los únicos: los awajún —un pueblo con el que comparten parte de su linaje— enfrentaban problemas similares con colonos que, muchas veces, llegaban incentivados por las autoridades.
La alianza entre estos pueblos parecía inevitable para ganar fuerza en la defensa de sus tierras. Así, a finales de los setenta, crearon el Consejo Aguaruna y Huambisa e iniciaron las demandas por el reconocimiento de los territorios originales —ocupados por estos pueblos desde hace miles de años— y de un sistema educativo y sanitario intercultural, entre otros derechos.
En esos años, las alternativas para conseguir algo así eran escasas. Pero las leyes contemplaban anexar áreas aledañas a las ya reconocidas por el Estado como parte de las comunidades. Por eso, la estrategia de la organización se centró en titular los espacios que inicialmente no habían sido contemplados en los registros oficiales. La idea era, en otras palabras, recuperar el territorio que históricamente habían ocupado de manera progresiva.
Sin embargo, eso no les permitiría titular todas las tierras de uso ancestral: la legislación dejaba fuera grandes extensiones de selva ⎼las zonas altas y los cerros sagrados, por ejemplo, no podían incluirse en los registros⎼. Por eso, en 1985 propusieron la creación de una reserva comunal, la Aguaruna y Huambisa, que para agrupar de manera integral el territorio wampís y awajún. La propuesta, sin embargo, nunca tuvo una respuesta oficial por parte del Estado.

No era la primera vez que las autoridades les daban la espalda. Pero ese menosprecio, junto a la entrega de diversas licencias a empresas petroleras en la región, propiciaron debates dentro de la Nación Wampís sobre la necesidad de una mayor autonomía.
—La conciencia de la mochadera de territorios fue creciendo y también un sentimiento como de culpa —dice Noningo.
No solo veían peligrar el legado de sus ancestros: cada vez tenían menos áreas para cazar y el futuro de los jóvenes era aún más incierto. Otros pueblos, quizás, lo hubieran asumido como un destino inevitable. Pero los wampís no: en 1992, con la creación de la Subsede del Consejo en la comunidad de Chapiza, a orillas del río Santiago, reimpulsaron sus demandas. Poco a poco, lograron titular tres comunidades y ampliar otras ya registradas. Los avances, sin embargo, no estuvieron exentos de confrontaciones con las empresas petroleras y los colonos que llegaban a la zona, además de una serie de medidas gubernamentales —como los decretos emitidos por Alan García en 2008— que ponían en jaque los derechos de los pueblos indígenas.
—Nos habíamos debilitado mucho en ese proceso de dependencia del Estado y empezamos a entender que teníamos que encontrar un camino propio.
Así, explica Noningo, en la primera década del siglo XXI se empezaron a preparar para autoproclamar la autonomía: acordaron los hitos limítrofes con sus pueblos vecinos —chapra, awajún y achuar—; recurrieron a los shuar —pueblo jíbaro del Ecuador que había iniciado un proceso similar— para entender cómo habían gestionado sus territorios; hicieron asambleas y acuerdos en las 85 comunidades de los departamentos de Amazonas y Loreto; elaboraron expedientes técnicos que justificaban la autoproclamación como pueblo originario, desde el punto de vista sociológico y jurídico —por la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas de 2007, la Convención 169 de la Organización Internacional de Trabajo, la Constitución del Perú, y la ley nacional N.º 29735—; y crearon un estatuto de autonomía.
El paso final lo dieron en noviembre de 2015, con una gran cumbre de la Nación Wampís —la tercera en toda su historia—, donde proclamaron la formación del Gobierno Territorial Autónomo y la autodeterminación de su territorio: 1’327.760 hectáreas del Amazonas, ubicadas entre el río Morona y el río Santiago, en el noroeste del Perú. Una medida sin precedentes en la historia nacional, que los convirtió en el primer gobierno indígena autónomo. El mismo que, con el tiempo, se ganaría el respaldo de la Organización de las Naciones Unidas.
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Cinco años después de esa decisión histórica, muchos peruanos ignoran el proceso de autonomía del pueblo originario. Entre otros —los que siguieron las escasas noticias sobre el tema en los medios de comunicación nacionales— abundan los malentendidos. Y el Estado peruano, aunque fue notificado en 2016, aún no ha hecho un pronunciamiento oficial.

—En estos años ha habido muchos interesados en confundir a la gente —dice Noningo—. Algunos, incluso, han sugerido el tema de la independencia, pero nosotros nunca hablamos en términos de soberanía.
Los wampís, de hecho, se consideran una nación peruana. Su declaración de autonomía se basó en tres ejes: la naturaleza jurídica de su nación, el reconocimiento de su territorio integral —es decir, las tierras tituladas y aquellas aún no reconocidas, pero utilizadas históricamente por sus ancestros— y la creación de un gobierno propio, para organizarse de manera interna, en coordinación con las autoridades nacionales y locales.
Para algunos de los empresarios más poderosos del país se trata de un pueblo —como otros, que hicieron frente a mineras y petroleras internacionales instaladas en el Amazonas— que se resiste al desarrollo. Pero eso, dice Noningo, es mentira.
—Queremos contribuir con el país, pero con una estrategia que valore nuestros elementos culturales y nuestro conocimiento, junto con los occidentales —explica.
Por eso, el proceso de organización interna no terminó con la cumbre de 2015, donde Wrays Pérez fue elegido presidente de la Nación Wampís. Desde entonces, detalla Noningo, han continuado las consultas internas, para construir propuestas educativas, de desarrollo económico, temas de juventud y niñez, mujer y conservación medioambiental, entre otros temas socioculturales y económicos, que esperan presentar en 2022.
—Queremos acercarnos a las autoridades nacionales con un plan propio, porque si esperamos que el Estado nos implemente hospitales o más escuelas nos vamos a pasar otros 200 años reclamando —dice.
Las dificultades que implica alcanzar una organización como esa son muchas y no suelen estar en sintonía con gobiernos empeñados en sacar adelante al país explotando el medio ambiente. Aun así, los wampís han insistido. Y en los últimos meses, con la llegada del COVID-19 a la selva peruana, la necesidad de prepararse se ha hecho más evidente:
—Esta pandemia nos ha demostrado cuán frágiles somos. Estamos tratando de asistir a nuestros enfermos, pero la medicación llega de a pocos. La provincia de Datem del Marañón no tiene ningún hospital y los médicos de las comunidades de Galilea y Candungos se han escapado por el miedo —relata Noningo.
En los últimos días de julio, algunos wampís han muerto y muchos otros están graves. Pero él sospecha que todavía no ha llegado lo peor.
—Lo que está pasando ya lo sabíamos: el Estado no iba a hacer nada si nos enfermábamos o nos pasaba algo —dice—. Por eso, tenemos que encontrar la manera de afrontar nuestros problemas.
Hallar el camino, como señala laTarimat Pujut, para una buena y larga vida. Aunque sea para las nuevas generaciones Wampís.
Ilustración: Liliana López
Fotos: Cortesía G.T.A.N Wampis