La Amazonía alberga las criaturas más bellas y misteriosas de nuestro planeta. Sus pueblos, humanos y silvestres, convivieron durante siglos de intercambio y evolución. En la profundidad de los bosques todo es observado por un pequeño y poderoso ser, mabán, la mantis religiosa. Así llamados por los Shipibo, los mabanzitos se esparcen por la densa selva, sobre las hojas muertas que nutren el suelo, corriendo en la corteza de grandes árboles y colgando de sus ramas y flores. La diversidad de mantis en la Amazonía es la más grande del mundo. Los ojos grandes, a los que muchos dan el don de la adivinación, siempre miran atentamente los ciclos del bosque tropical. Para los Shipibo, son capaces de predecir el sexo de un bebé, iluminando a las generaciones futuras de su pueblo. En Brasil, a veces son Caajara, «señores de la selva», dignos de la omnipresencia de un pequeño dios. Adoptan muchas formas, camufladas y complejas, mezclándose con ramas delgadas, hojas grandes, troncos largos e incluso otros animales pequeños. Son invisibles, incluso si tienen hermosos colores y detalles intrincados. Algunos vuelan bajo las noches estrelladas, más allá del dosel. Otros esperan pacientes por presas vivas, o cuando encontrados, son alimento rico para animales más grandes. Mabán ve el bosque, porque es el bosque, inmerso en misterios aún desconocidos para el mundo. A los humanos que aún tienen tiempo y portan el espíritu ancestral resta la admiración. Cada encuentro con mabán es único. Debemos buscar preservarlos y preservar su hogar natural, desentrañando gradualmente su inmensa historia.

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